El blog del Nuevo Velázquez
La clase después de la clase
En la liturgia escolar rige un código no escrito, tan firme e inapelable como la ley de la gravedad: al maestro le corresponde el menester de educar; al niño, el de tomarle las medidas al maestro. Es un toma y daca en el que la pedagogía, con todos sus perejiles de método suizo, choca de frente con la zoología más básica.
No se ofendan los padres si comparo a sus nenes, aunque sea por mor de lo retórico, con meros animalitos. Al fin y al cabo, los perros huelen el miedo con su sistema vomeronasal, las serpientes se sirven de las fosetas loreales para percibir el calor de su víctima y las polillas, si no recuerdo mal, siguen el rastro de feromonas invisibles, o algo así. Los niños, salvando las obligadas distancias, cuentan con un sexto sentido que -ora calibrando los niveles de cortisol, ora midiendo la más leve vibración de la voz- les indica si el maestro es un roble imperturbable o un flan estremecido.
¿Exagero? Hasta el alumno más despistado sabe determinar cuándo el maestro está en retirada estratégica. Y no por ciencia infusa, sino por la vieja sabiduría de los depredadores. Es el momento en que la jauría menuda se lanza súbitamente a la refriega. Preguntas con bala, murmullos calculados y esa risita que corre de pupitre en pupitre como un incendio en rastrojo seco. ¡El profesor, reducido a presa!
Saben de lo que hablo… Cuando teníamos doce o trece años, poner nervioso al profe nos parecía poco menos que un deporte federado. Un compañero, en medio de una explicación sobre la ley de Hooke, sacó la bocina y metió un susto de muerte al profesor de Física. Hubo otro que, presa de un apretón inaplazable, dio la razón al oscuro Heráclito en aquello de que todo fluye: el hedor nos mantuvo a todos con la nariz arrugada, mientras la profesora de Lengua, con una entereza heroica, siguió corrigiendo ejercicios.
Han pasado casi treinta años y ahora lo veo con cierta ternura. Pero en aquel tiempo, lo confieso, había una alegría extraña en ese juego cruel. Una alegría de chiquillo que no sabe que la vida, más adelante, lo pondrá a él mismo delante de su propia jauría.
Viene esto a cuento de que el otro día me crucé por la calle con Antonio, quien fuera mi profesor de dibujo a inicios de secundaria. Hombre enjuto, de paso ligero, con ese porte de jubilado vigoroso que aún guarda en el bolsillo un par de tizas, como si nunca hubiera dejado la faena del todo. Se sorprendió cuando le dije que nunca lo vi descomponerse. Porque, en efecto, jamás perdió la compostura, ni confundió autoridad con tiranía, ni se dejó dominar por los nervios. No sabría decir qué nos enseñó —el carboncillo, la perspectiva, yo qué sé—, pero me quedó en la memoria su forma de estar: el temple de un hombre que corregía sin humillar, que antes de reprender a alguien respiraba hondo, que sabía ser duro sin despotismo y cordial sin empalago.
¿Y no será eso, al fin y al cabo, la sustancia de la educación? No tanto la geometría del saber, que -como afirman los odiosos defensores del competencismo- se consulta en dos clics de ratón, sino en aquello que se transparenta en cada gesto, en cada respuesta y, también, en cada silencio. De Antonio aprendí lo que acaso ni él sospeche: que el magisterio verdadero no se recita.
Ténganlo presente esos profesores que ahora encaran el nuevo curso, tentándose la ropa como quien emboca un callejón oscuro: la jauría los espera al fondo. Y no olviden mirarse en el espejo de los Antonios de su infancia. No hay mejor aldabonazo que recordar a quien nos dejó huella sin proponérselo, como quien deja un surco en la tierra solo por caminar derecho.
Autor
Jorge Freire
Jorge Freire es filósofo y escritor. Escribe en ABC y colabora en Onda Cero. Su último libro es «Los extrañados».
En mi memoria, siempre han quedado los profesores que me enseñaron algo más que lo que dictaba su asignatura. Siempre recuerdo de ellos su forma de estar en clase, de tratar con nosotros y poco o muy poco de aquellos contenidos de latín o de matemáticas. Yo los clasificaba como los que se divierten en clase y los que no lo hacen, de estos últimos me olvidé.
Gracias Jorge por tu reflexión.
¡Tú, sin duda, eres de los que se divierte en clase! Muchas gracias por tu comentario y tu apoyo a «El blog del Nuevo Velázquez». Un fuerte abrazo.
Don Javier Antolín, yo siempre recordaré con cariño tus clases de Biología y Matemáticas. También, el cursillo del verano de 2017 de matemáticas, gracias a ti conseguí acabar el Bachillerato.
Gracias, Rubén. El bachillerato lo acabaste gracias a tu esfuerzo y constancia, aunque es cierto que Javier Antolín es un formidable profesor. Fuerte abrazo.
Me ha fascinado el artículo. Es una suerte poder contar entre los amigos del Nuevo Velázquez al gran Jorge Freire. Interesante lo que cuenta y magistral la manera de hacerlo.
Me quedo con » el magisterio verdadero no se recita». Tendría que ser una frase aprendida según se entra a magisterio. Me ha gustado mucho .
Gracias por tu comentario, Sonia. Te esperamos, dentro de tres semanas, en una entrega más de «El blog del Nuevo Velázquez».
En esra época de frases cortas y palabras reducidas a pocas letras, da gusto leer algo tan bien traído, tan bien escrito.
Mando muchas ganas, alegrua, saber hacer y fuerza a los profesores.
Gracias por estos regalos.
¡Qué ilusión saber de ti, Fuensanta! Muchas gracias por tu apoyo incondicional al colegio y a «El blog del Nuevo Velázquez». Un abrazo enorme.
Este artículo es maravilloso. Me ha hecho volver a aquellos días de pupitre y tiza donde el profesor/a te lanzaba el borrador cuando no dejabas de hablar en clase. Pero nada que no pudieras superar. Cierto es que al final recordamos a los que nos enseñaron algo mucho más allá que lo académico. En un aula no podemos ser todos iguales y ahí debe estar la figura del magisterio para intentar mediar . Tarea nada fácil.
Muchas gracias por tu aportación, Silvia. Estamos totalmente de acuerdo con lo que apuntas. ¡Un abrazo!
Muy buen artículo, señor Freire, me ha encantado, fue genial que fueras mi profe de Filosofía, no olvido tus clases y espero que en un futuro cercano, en el próximo evento del Nuevo Velázquez, podamos verlo.
¡Gracias, Rubén! ¡Un abrazo, máquina!
Magnífico artículo de Jorge Freire, de profundidad filosófica que nos lleva a recapacitar sobre lo que hemos hecho y, algunos ya jubilados, no podemos enmendar y lo que hacen profesores jóvenes en el ejercicio de su difícil profesión. En pocas líneas, Freire es capaz establecer códigos de conducta. Enhorabuena Jorge.
Gracias por tu reflexión, Sole. Sin duda alguna, al igual que el profesor del artículo, tu también habrás dejado una positiva huella imborrable en cientos de alumnos, a lo largo de tantos años de entusiasta dedicación. ¡Fuerte abrazo!