Una luz que guía: la estela de un profesor en mi inicio
Comenzar es, para mí, la sensación que mi profesor Mario, de geología, explicaba: «A veces, chicos, empezar es como toparse con una nueva formación geológica: todo parece sólido, pero, por debajo, el terreno se siente inestable».
Hace una semana, cuando empezaba a trabajar en el Colegio Nuevo Velázquez, Mario fue la primera persona a la que escribí: «Tenías razón, la vida es un laberinto y cada movimiento tectónico me ha llevado hasta aquí». Este mensaje llegaba años después de que coincidiésemos en un aula. Y, a raíz de mi impulso por contárselo y rindiéndole homenaje a él y a su asignatura, reflexionaba acerca de la tectónica de la enseñanza.
En mi etapa como alumna de Secundaria y Bachillerato sentía que mi inseguridad y mi timidez me situaban en un espacio liminar. No sabía lo que quería, sentía que mi sensibilidad me convertía en insignificante y que, además, tenía una pasión desbordante por la literatura que no me llevaría a ningún sitio. Escribía poemas en servilletas, en paredes, o a veces los susurraba para que solo Mario pudiese escucharlos.
Hay personas que, sin duda, definen un capítulo. Mario me transmitió que mi tesón y mi sensibilidad me llevarían a cualquier sitio y, aunque no siempre ha sido así, los poemas que escribía en servilletas subieron estrato a estrato y han terminado viendo la luz. Ahora ya no soy su alumna, no compartimos espacio ni nos vemos todos los días, pero a veces, solo a veces, me permito sentarme en la última fila del aula en la que me daba clase, nos reímos, nos abrazamos y recordamos siempre la misma anécdota: el viaje de fin de curso. Recordamos que, en ese viaje a la nieve, los dos nos subimos juntos en telesilla y observábamos la montaña. Desde la altura, parecía que tiempo y espacio se suspendían.
Recientemente volvía a tener esa sensación de espacio y tiempo suspendido: esos poemas que compartía con Mario se convirtieron en libro y, en el momento de presentar el proyecto con amigos y familia, él me miraba con la misma mirada del día del telesilla…
Y ahora, en esta nueva aventura, pienso en cómo la vocación de Mario por la docencia se convertía en la más noble de las arquitecturas, como un deseo que se levanta desde el alma. Cuando veo a los chicos, pienso en que, si puedo transmitir su legado, de alguna manera, habré hecho algo bien.
Y a ti, Mario, como cuando leíamos a Miguel Hernández juntos: «A las aladas almas de las rosas del almendro de nata te requiero, que tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero».
Autora
Leyre Hita
Leyre Hita es filóloga y escritora. Actualmente, es investigadora de teoría de la literatura por la Universidad Autónoma de Madrid y profesora de Lengua y Literatura en el colegio Nuevo Velázquez.
Último blog del año 2025, muy bien artículo, me ha gustado mucho, mi hermana ahora está en su último año en la universidad en la Autónoma de Madrid haciendo psicología, me ha gustado mucho tu artículo Leyre, un mensaje al Nuevo Velázquez, felices fiestas y que el año 2026 sea bueno y por más blogs del Nuevo Velázquez.
Muchas gracias por tu comentario, Rubén. ¡Feliz 2026!
¡Magnífico texto, Leyre! ¡Bienvenida al Nuevo Velázquez!
Gran texto y que bien expresadas las emociones. La transmisión del legado hace de la enseñanza una actividad trascendente donde las haya.
Nos alegra que te haya gustado, muchas gracias por tu aportación.
Precioso texto
¡Muchas gracias por tu comentario!
¡Qué palabras tan profundas, compañera Leyre!
Me alegra enormemente que el movimiento tectónico te haya traído hasta nosotros. Ya formas parte del puzle del Colegio Nuevo Velázquez y tu aportación suma mucho.
Un abrazo.
¡Gracias, Ángela! ¡Fuerte abrazo!
Como padre de una alumno, me alegra mucho que haya profesores con esa sensibilidad y tesón. Bienvenida.
¡Y a nosotros nos gusta tener familias que se implican, leen y comentan «El blog del Nuevo Velázquez»! ¡Muchas gracias, un abrazo!